Saber adónde va nuestro dinero también importa
¿Dónde invierte el banco tu dinero? Decidir adónde va nuestro dinero compensa.
De Andrea Baranes, vicepresidente de FEBEA y miembro de Banca EticaImagina que te encuentras con un conocido que te hace una propuesta: te pide que le prestes 50 euros para apostar en las carreras de caballos. Si gana, te los devuelve, quizá con algún regalo extra. Si pierde, nada: tan amigos como siempre. ¿Aceptarías algo así? Cuando depositamos nuestro dinero en una cuenta corriente o se lo confiamos a una gestora financiera, a menudo actuamos como si hubiera dejado de ser nuestro. O, mejor dicho, quizá nos preocupamos por la rentabilidad y las demás condiciones económicas, pero rara vez nos preguntamos qué hará el intermediario financiero con esos recursos.
El dinero no es neutral. Como dice Gordon Gekko en Wall Street, de Oliver Stone, «el dinero nunca duerme». Una vez que entra en los circuitos financieros, se presta o se invierte. Pero ¿dónde? ¿Nuestro dinero alimenta la economía local o acaba en algún paraíso fiscal? ¿Sirve para apoyar la agricultura ecológica o el tráfico de armas?
El secreto bancario y el destino de nuestro dinero
Si intentamos preguntarle a nuestro banco, lo más probable es que nos entregue un precioso folleto lleno de fotografías de paneles solares y empresarios felices, con ejemplos de proyectos financiados que han generado efectos positivos. Pero, si tratamos de profundizar, inevitablemente nos encontramos con el muro del secreto bancario.
El secreto bancario no responde a una obligación normativa específica ni se apoya en razones especialmente sólidas. En el caso de las personas físicas, puede haber motivos justificados de privacidad: nadie quiere que todo el mundo sepa que ha pedido un préstamo para afrontar gastos médicos. En el caso de las personas jurídicas, en cambio, esas razones no se dan. ¿Por qué, entonces, los bancos no informan de dónde y cómo utilizan los ahorros de su clientela? En España hay un banco que lo hace. En la web de Fiare Banca Etica, cualquier persona puede consultar todos los préstamos concedidos a personas jurídicas: por región o sector de actividad.
Las finanzas éticas tienen varios rasgos distintivos. Aplican criterios de exclusión a las actividades con impactos negativos sobre el medio ambiente o la sociedad. Evalúan el impacto de las entidades que solicitan financiación. Y, como punto de partida, rechazan las actividades especulativas y defienden que las finanzas deben ser una herramienta al servicio de las personas y del planeta, estrechamente vinculada a la economía real. Otro de sus pilares es el trabajo en red con otros bancos éticos y organizaciones de Europa y el resto del mundo.
Participación y transparencia: el control del dinero desde la base
Hay, sin embargo, dos aspectos quizá aún más importantes que distinguen las finanzas éticas de las tradicionales: la participación y la transparencia. Participar significa, ante todo, que las personas socias y la clientela pueden construir conjuntamente el proyecto y el rumbo del banco ético. No solo porque en los bancos cooperativos rige el principio de «una persona, un voto», frente al de «un euro, un voto» de los bancos constituidos como sociedades anónimas.
Participar también significa que las personas socias que lo deseen pueden contribuir directamente a las evaluaciones de impacto de la financiación. Es una forma de ejercer un control desde la base, para que la base social pueda comprobar que el banco respeta plenamente sus principios fundacionales. Un proceso que mejora el conocimiento directo entre el banco y las entidades financiadas y que, de este modo, contribuye a reducir el riesgo de crédito.
Este aspecto está directamente relacionado con la transparencia. Por desgracia, las finanzas se caracterizan por una enorme asimetría de información. Como hemos señalado, hoy resulta difícil encontrar una entidad financiera que no se defina como «sostenible». Sin embargo, detrás de esa fachada, los compromisos pueden ser muy limitados. Las propias autoridades europeas de supervisión bancaria y de los mercados financieros llevan tiempo denunciando el blanqueo ecológico del sector y tratando de ponerle remedio. Las normas para combatir este fenómeno y, en general, para reducir el impacto social y ambiental de unas finanzas orientadas exclusivamente al máximo beneficio son fundamentales.
Cambiar de banco para dejar de financiar una economía insostenible
Junto a este enfoque «desde arriba», es igualmente importante otro «desde abajo», que parta de una reflexión sobre el uso del dinero. Es cierto que nuestros ahorros, considerados individualmente, representan menos que una gota en el océano de capitales que circulan por los mercados financieros. Pero, en esos mercados, hay cuatro actores principales: bancos, fondos de inversión, fondos de pensiones y aseguradoras. Son quienes mueven buena parte del capital por todo el mundo. Y los cuatro se nutren de nuestros ahorros.
En nuestra vida cotidiana intentamos reducir nuestro impacto ambiental, pero quizá el dinero que dejamos en el banco produce el efecto contrario. Nos indignamos ante las desigualdades y las injusticias que vemos cada día, mientras nuestros ahorros las alimentan. En pocas palabras, demasiado a menudo somos cómplices involuntarios del sistema del que somos víctimas.
Cambiar de banco o de gestora financiera tiene varios efectos. En primer lugar, retira recursos a una economía con impactos devastadores desde el punto de vista ambiental y social. En segundo lugar, alimenta modelos alternativos cuyos impactos son positivos. Pero, y esto es igualmente importante, da ejemplo y plantea un desafío al resto del sistema financiero. A quienes sostienen que el secreto bancario impide revelar adónde va nuestro dinero. A quienes afirman que no se puede hacer banca sin financiar las industrias del petróleo, el carbón o las armas.
El propio auge del blanqueo ecológico en las finanzas y el esfuerzo de casi todos los bancos por proyectar una imagen «sostenible» son, probablemente, el mejor testimonio de cuánto han crecido las finanzas éticas en los últimos años. Podemos y debemos recuperar el control de nuestro dinero. Es un proceso que nos concierne directamente a todas las personas: conseguir que las finanzas, tanto en cuestiones ambientales como sociales, pasen de ser parte del problema a convertirse en una parte sustancial de la solución.