El dinero no lo es todo. Hay vida más allá del crecimiento económico
De Pepe Mujica al índice de desarrollo sostenible, las alternativas al crecimiento económico y al PIB.
De Lorenzo Tecleme, periodistaEn mayo de 2025 fallecía, en Montevideo, José «Pepe» Mujica, el «presidente más humilde del mundo». Se había convertido en uno de los políticos más populares del planeta pese a gobernar un país de poco más de tres millones de habitantes, Uruguay, habitualmente alejado de los titulares. Su fama se debía a su buena gestión, reconocida de forma más o menos unánime, y a su biografía, con un pasado como guerrillero contra la dictadura militar. Pero, sobre todo, lo que le hizo célebre fue su estilo de vida y sus llamamientos a la sencillez.
Mujica renunció a la residencia presidencial y a buena parte de su sueldo. Vestía ropa corriente, utilizaba un coche antiguo que conducía él mismo y siguió viviendo en su pequeña finca en el campo. Sus críticos se burlaban de su aspecto poco cuidado, pero él lo convirtió en motivo de orgullo. Una idea central de su discurso era la contraposición entre tiempo y dinero. «Yo consumo lo necesario, pero no acepto el despilfarro. Porque cuando compro algo no lo compro con dinero, sino con el tiempo de mi vida que necesité para ganarlo», afirmó en un discurso que se hizo célebre. «Si quieres ser libre, tienes que ser sobrio en el consumo».
Pepe Mujica se ha convertido, más por sus decisiones personales que por su actuación política, en un símbolo de esa corriente de pensamiento que, según el caso, se denomina decrecimiento, poscrecimiento o economía del bienestar. Es decir, una línea de análisis económico y filosófico que propone abandonar el crecimiento económico como objetivo político. Una corriente con una larga historia y numerosos ámbitos de aplicación, que ha recuperado protagonismo en tiempos de crisis climática y encarecimiento de la energía.
El PIB como medida del crecimiento económico y sus límites
El crecimiento económico suele ser un objetivo compartido, al menos sobre el papel, por los gobiernos de todo el mundo y de todas las orientaciones políticas. Se define como el aumento del producto interior bruto (PIB), es decir, la suma del valor de todos los bienes y servicios producidos en un territorio durante un periodo determinado.
Quienes cuestionan la importancia que se concede al PIB lo hacen con argumentos sociales y ecológicos. Los primeros tienen que ver con lo que este indicador mide. El crecimiento, entendido de manera tradicional, no implica necesariamente un mayor bienestar, ya se mida en términos de esperanza de vida, disponibilidad de bienes esenciales o felicidad percibida.
Las críticas ecológicas se refieren al consumo de recursos. En la visión económica dominante, el crecimiento del PIB no tiene límites: idealmente, continúa de forma indefinida. Sin embargo, históricamente ha ido acompañado de un aumento de la llamada presión humana sobre los ecosistemas, es decir, de todas las formas en que los sometemos a tensiones. Más emisiones, más materiales extraídos del subsuelo, más ocupación del suelo, etcétera. La objeción ecológica se resume en una frase convertida en lema: «No es posible un crecimiento infinito en un mundo finito».
Decrecimiento y bienestar: historia de un concepto
La historia de las críticas a la visión tradicional del crecimiento y de la búsqueda de alternativas es larga. Ya en 1920, el economista Arthur Cecil Pigou habló de «economía del bienestar», un término amplio que aludía al intento de crear un sistema al servicio del bienestar común. En 1972, un grupo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) publicó un informe, elaborado por encargo del centro de estudios Club de Roma, titulado «Los límites del crecimiento».
Se trata de un documento fundamental. Por primera vez, un modelo científico planteaba el posible colapso de la civilización como consecuencia del consumo excesivo de recursos naturales. El texto también introducía el concepto de responsabilidad hacia las generaciones futuras: la idea de que encontrar formas de producción compatibles con los ecosistemas es un deber, también y sobre todo, hacia quienes aún no han nacido.
Otros pensadores han contribuido al debate, desde Nicholas Georgescu-Roegen y Serge Latouche hasta Kate Raworth. El feminismo ha desarrollado el concepto de «economía de los cuidados»: la idea de que la sociedad debe organizarse para situar en el centro, remunerar y garantizar las actividades de cuidado (de personas enfermas, de la infancia y de las personas mayores), habitualmente encomendadas a las mujeres, sin remuneración.
También existen iniciativas prácticas para sustituir el PIB. Las Naciones Unidas utilizan desde hace años el índice de desarrollo humano (IDH), que combina la renta nacional bruta por habitante, la esperanza de vida y la educación. En esta clasificación, los primeros puestos corresponden a países del norte de Europa, como Islandia y Noruega, mientras que los últimos los ocupan países africanos como Somalia, Sudán del Sur y la República Centroafricana.
La Universidad de Londres ha propuesto una modificación adicional que incorpora parámetros ecológicos. El resultado es el índice de desarrollo sostenible (SDI, por sus siglas en inglés). Con estos elementos, la clasificación cambia considerablemente. Los países nórdicos pierden posiciones por sus elevadas emisiones y algunos países del golfo Pérsico caen hasta los últimos puestos por el mismo motivo. Según este índice, los tres países con mejores resultados son Costa Rica, Uruguay y Sri Lanka; los últimos son Luxemburgo, Kuwait y Catar. España ocupa el puesto 57, de un total de 163 países, según los datos de 2022.
La ciencia detrás del decrecimiento
Desde el punto de vista ecológico, uno de los estudios más influyentes es el publicado en 2009 por un grupo de investigadores encabezado por el ecólogo sueco Johan Rockström. El trabajo identifica nueve límites planetarios cuya superación tendría consecuencias negativas para la humanidad. Entre ellos figuran la concentración de CO₂ en la atmósfera, la acidificación de los océanos y la estabilidad de la capa de ozono. Las investigaciones más recientes indican que ya se han superado siete de los nueve límites.
El debate se ha centrado en la posibilidad del llamado desacoplamiento: si es posible que el PIB siga creciendo sin que aumenten también la contaminación y el consumo de recursos, por ejemplo, mediante el uso de energías renovables y el reciclaje de materiales. Los más optimistas creen que es posible y señalan ejemplos recientes de los países desarrollados. El PIB europeo ha aumentado desde los años noventa mientras sus emisiones se han reducido. China ha mejorado algunos indicadores ecológicos clave, como la calidad del aire, al tiempo que su economía crecía a un ritmo vertiginoso. Los críticos, en cambio, se fijan en los datos globales: la humanidad, en su conjunto, sigue consumiendo más a medida que crece la economía.
Otro estudio muy citado, publicado en 2018 por un grupo de investigadores de la Universidad de Leeds, analizó la relación entre el aumento de la renta media por habitante y la calidad de vida. Los científicos encontraron que esa relación existe, pero tiene un límite. Cuando un país alcanza los 20.000 dólares de renta media por habitante, un crecimiento adicional no se traduce en un mayor bienestar. Esta es la idea central de la crítica social al crecimiento: a partir de cierto nivel, el bienestar depende más de la distribución de la riqueza y de la organización de la sociedad que del PIB.
Hay vida más allá del crecimiento
Durante su presidencia, Pepe Mujica no creó en Uruguay un sistema económico al margen del PIB y de la visión tradicional del crecimiento. Sin embargo, aumentó enormemente la proporción de energía limpia en la generación eléctrica nacional y redujo las emisiones mientras subían los salarios y mejoraba la calidad de los servicios públicos. Además, con su vida y sus discursos ofreció un ejemplo que trasciende su gestión de gobierno.
Figuras como la suya han contribuido a popularizar una idea: que la vida humana debe orientarse hacia la felicidad y la posibilidad de disfrutar del tiempo, de las aficiones y de las relaciones sociales. «Me llaman “el presidente más pobre del mundo”, pero yo no me siento pobre», declaró. «Los verdaderos pobres son quienes trabajan solo para intentar mantener un estilo de vida costoso y siempre quieren más. Es una cuestión de libertad. Si no tienes muchas cosas, no necesitas trabajar toda la vida como un esclavo para mantenerlas y, por tanto, tienes más tiempo para ti».
¿Y las finanzas? Si el bienestar no coincide con el crecimiento del PIB, el valor de una inversión tampoco se mide únicamente por su rentabilidad. Esa es la idea de la que nacen las finanzas éticas: preguntarse no solo cuánto rinde el dinero, sino qué produce. Empleo, servicios y energía limpia, o emisiones y desigualdades. Los bancos y fondos éticos evalúan el impacto social y ambiental de lo que financian y renuncian a las actividades especulativas que persiguen beneficios rápidos a costa de la estabilidad. Una elección que, como muestran los demás artículos de este dosier, no implica renunciar a la rentabilidad. Y que traslada a la gestión del ahorro la misma pregunta que planteaba Mujica: ¿para qué nos sirve realmente el dinero?